28/12 día de los inocentes

Probablemente yo sea el niño que más inyecciones se haya puesto en la vida, al menos eso me parecía. Cuando en la escuela nos enseñaban a contar yo ya restaba penicilinas… y en millones, todavía no se por qué. Las había de muchos tipos: cristalinas, rapilentas, había unas con un apellido raro que me ponían una vez por mes y que casi siempre venían con un juguete de la “Tienda de la Amistad”. Tengo una imagen vivísima de Sonia -que es una santa- llevándome de una mano y apretando en la otra aquellos dos pomitos terribles. -Al niño le estamos poniendo la benzatínica- solía decir. -Ay, pobrecito, eso tumba la pierna- era la respuesta fijo.

El caso es que mi infancia estuvo llena de aquellos pomitos. Yo soñaba con ellos cuando estaban llenos y los usaba para jugar cuando estaban felizmente vacíos. Hicieron de bueyes, enyuntaos jalando una carreta, fueron depósitos de cualquier cosa, viajaron en barcos, carros, aviones, formaron estibas en un campamento de soldaditos, fueron tesoros enterrados en el patio y hasta naufragaron en la bañadera. Pero sin dudas lo mejor que se me pudo ocurrir fue amarrar un pomito con una pita y hacerlo girar como una hélice. ¡Cómo sonaba aquello! Dependía del tipo de pomo, del largo del hilo, de cuán duro le diera vueltas… en fin toda una ciencia. Siempre traía un aparato de estos en el bolsillo y velaba la mínima oportunidad para disfrutar de mi invento.

Un día, por estas fechas, me habían dejado muy temprano en la escuela y salí al patio a jugar con mi aparatico. La escuela, que todavía sigue en pie, era uno de aquellos edificios multifamilares de principios del siglo XX con varios pisos de habitaciones alrededor de un patio interior con un corredor al que dan todas las puertas. Era como un coliseo y en el medio estaba yo, haciendo sonar mi pomito. A media mañana, sin explicarme por qué, me llevaron ante la directora, Onelia, una mulata gorda ya mayor. Onelia tenía sobre su escritorio un frasco pequeño, ámbar, de los que venían con medicina, no era como los que yo solía usar, pero era un pomo, y esgrimía una acusación contra “el muchahito de la pita y el pomo”. Resulta que una señora del segundo piso había sido golpeada en el rostro por el susodicho pomito con bastante fuerza por cierto y casualmente me había visto esa misma mañana “empinar un pomo amarrao con un cáñamo” lo cual bastó para incriminarme. De nada valió que llorara a moco tendido diciendo que yo no fui, que enseñara mi pomito de penicilina que todavía traía en el bolsillo, ni que hicieran venir a la santa, que tampoco me creyó, para que ese día me convirtiera, injustamente, en “el único hombre que le ha partío la cara” a esa señara. Aquello no tuvo mayores consecuencias, salvo que me sentí Josef K con siete años, a quien descubrí mucho más tarde.

De aquel incidente ya no se habla en mi casa, aunque toda mi infancia se encargaron de recordármelo, yo por si acaso, no he vuelto a pisar el patio de mi antigua escuelita y espero, algún día, tener la oportunidad de demostrar mi inocencia.

El Proceso, de Franz Kafka, lo presté hace varios años y no me lo han devuelto. Espero que este post lo ayude a encontrar el camino de regreso.

Unos quince años más tarde el azar me hizo pasar por la puerta de aquella señora, ese día tampoco se creyó mi versión de la historia y aunque siga siendo para ella “el único hombre que le ha partío la cara”, al menos en mi casa dejaron de preguntarme.

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4 comments

  1. Zoom Future

    yo tampoco te creo, seguramente tenìas tambièn pomos vacìos de Yodotanico y ese dìa quisiste probar que la masa es inversamente proporcional a la aceleracion (aunque no lo supuieras todavia)

  2. Anonymous

    Siempre digo que soy nostálgico hasta con los recuerdos de los demás. Leyendote aparecen imágenes, tanto inventadas siguiendo tus palabras, como própias en éste caso al recordarme agarrado a los bajos de la cama cuando aparecía por casa la señora Antonia con una hipodérmica en la mano.Un gran abrazo Jorge.Ferran.

  3. PB

    Otro comentario de mi querida Puichan… con el mismo sabor de siempre, gracias P.(…) Por cierto leyendo las de las vacunas yo también tengo mis reminiscencias. Pues la familia de mi madre que en su tiempo fueron latifundistas -no se si ella lo mencionó alguna vez, seguro que si!-, pero gracias a la Ley de Reforma Agraria tuvieron que conformarse con un pedacito de 3 caballerías -aun no acabo de entender la conversión métrica de las caballerías-, pues tenían el pedacito de tierra y en mis vacaciones siempre íbamos para allá porque mi abuela y mis tíos vivían allá. La verdad es que era un campo de esos alejados de todo, sin electricidad ni nada, pero a mi me encantaba aquello de ir para allá a correr detrás de los chivos y mataperrear un poco con mis botas de goma, seguro que tu también tuviste de esas. Por las tardes siempre íbamos a bañarnos al río mis primos y yo, a pesar de que yo nunca aprendí a nadar, y que no me dejaban mover de la orilla o comerme unos anoncillos que caían de un mata que estaba justo al lado, por temor de que me ahogara -en el agua o con los anoncillos-. Hasta que un día empezó a caer tremendo aguacero y no se por que desde ese día me diagnosticaron algo llamado “inflamación de pulmones” que sólo se curaba con penicilinas, ahí empezó mi acercamiento a las penicilinas, no se cuantos tipos de rapilentas y cristalinas me pusieron pero la “inflamación” no se iba. Luego me remitieron al alergista y todo termino en declararme asmática y ademas de darme uno de esos aparaticos, que sólo daban con receta medica, pues también me ponían unas vacunas que venían en esos pomitos gordos que tu estarías por esa misma fecha enyuntando por Camagüey. Esas vacunas cada una tenia un nombre, las mías empezaban con B, cada mes te la cambiaban y entonces seria B1, B2 … y no recuerdo, pero cuando llegabas a la última B que eran las B16, pues te mandaban al alergista otra vez y entonces empezaban con otra letra del abecedario. Como mi asma y mi bronquitis no se curaban y yo era una niña de esas con algo de sobrepeso, pues el alergista que ya no quería seguir con el abecedario, me remitió a clases de natación… ahí empezaron mis tánganas y mi madre -que no es una santa como la tuya- pues a llevarme a empujones a la piscina con un cinto y to’ , hasta que al final la pobre vio que los golpes no resolvían nada y llego a la conclusión que los estudios eran mas importantes que el deporte y deje de ir a las clases de natación. (…)

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